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SIMBOLISMO DEL PAN Y EL VINO EN LA EUCARISTÍA

En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo” (CEC # 1333). El pan y el vino –ofrecidos un día por Melquisedec al Señor en sacrificio– son alimentos tan apreciados por Dios, que los eligió para obrar el milagro de la Transubstanciación. Y bajo las apariencias del pan y del vino, nuestro Redentor quiso quedarse con nosotros “todos los días hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20).

Pero ¿por qué pan y vino? Algunos teólogos afirman que éstos son los frutos más nobles del reino vegetal, con los cuales se nutre y conserva la vida del cuerpo, al punto que san Ireneo los llama “primicias de los dones de Dios”. Por ello convenía que fueran elegidos para la Eucaristía, que Jesucristo instituyó para conservar y aumentar la vida espiritual del hombre. El teólogo Juan Cornubiense, citado por santo Tomás en la Suma Teológica, también incluye en el vino gotas de agua que el celebrante coloca en el cáliz antes de la Consagración, y afirma del modo más hermoso dicho simbolismo: “Entre todas las cosas necesarias para el sustento de la vida humana, el pan, el vino y el agua son las más limpias, más útiles y más necesarias. Por eso fueron preferidas a todas las demás y transformadas en lo más puro, más útil y necesario que existe para adquirir la vida eterna, esto es, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo”.

La Iglesia, siguiendo el mandato del Señor, continúa haciendo en memoria suya y hasta su retorno glorioso, lo que Él hizo en la víspera de su pasión: “tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y dándolo a sus discípulos, dijo: -Tomen y coman; esto es mi cuerpo- Tomó luego un cáliz y, después de dar gracias, lo dio a sus discípulos diciendo: -Beban todos de él, porque esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados-. (Mt 26,26-28). “Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (Sal 104,13-15) fruto <<del trabajo del hombre>>, pero antes, <<fruto de la tierra>> y <<de la vid>>, dones del Creador (CEC # 1333). Poniendo esos dones en el altar queremos dar a entender que todo es Don, todo es Gracia (el aire que respiras, el agua con la que te has lavado, el pan con el que te alimentas… todo es regalo de Dios).

El Papa Francisco en audiencia pública el 28 de febrero de 2018 nos recordó, que la Iglesia utiliza los mismos signos y gestos que Jesús realizó antes de su pasión, para hacer presente el sacrificio de la nueva alianza sellada por Él en el altar de la Cruz. “En esta ofrenda espiritual de toda la Iglesia, se recoge la vida, los sufrimientos, las oraciones y los trabajos de todos los fieles, que se unen a los de Cristo en una única ofrenda. Por eso es muy bueno que sean los fieles quienes presenten al sacerdote el pan y el vino para que él los deposite sobre el altar”, explicó. “Con la oración sobre las ofrendas, el sacerdote pide a Dios que acepte nuestra pobre ofrenda y que la transforme con el poder del Espíritu Santo en el sacrificio de Cristo”, añadió. 

Acerquémonos lo más posible al Sacramento del Altar, preámbulo de nuestra eterna convivencia con Jesús en el Cielo.

Por Concepción Espinoza Gibal. Ministerio de Evangelización, Parroquia de Cristo Rey. Junio 2019.