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ME AMÓ Y SE ENTREGÓ POR MÍ: LA INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

“El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin”, y, “…para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección…” (CEC 1337).

Solamente los discípulos habrán percibido el ardor del Maestro por querer celebrar con ellos esa Pascua y no solo la judía, sino -y por, sobre todo-, aquel paso decisivo que iba a dar en su ofrecimiento salvador por los hombres. Su redención anunciada por los profetas en el Antiguo Testamento, que vieron la plenitud en Él y sus enseñanzas, rescatadas por los discípulos que, sin duda, habrán vivido con verdadero amor aquel momento en que, al igual que Melquisedec, les ofreció pan y vino, convertido en su Cuerpo y su Sangre, como alimento para el camino. Queda evidencia de ello en los sinópticos y en Juan el gran discurso eucarístico.

Sobre la institución de la Eucaristía, podríamos decir que san Pablo presenta la liturgia y el carácter legal de la Fracción del Pan, en la que se indica el ritual a seguir y las consecuencias de condenación para aquel que se acerca al Sacramento en pecado.

La Pascua de Jesús, no era como la judía en la que se ofrecía un cordero, sino que Él, como Cordero puro y sin mancha se iba a ofrecer como sacrificio único y agradable a Dios; ya no habría necesidad de más sacrificios, pues la Pascua tendría un nuevo y más sublime sentido: ya no celebrar la liberación de las cadenas del egipcio, sino de gloriarnos del triunfo de Jesús sobre el pecado: “Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre que se entrega por ustedes”.

El nuevo Éxodo ha iniciado, camino a la tierra prometida en la que la contemplación de Dios sería nuestro único deleite: “la Pascua nueva, es anticipada en la cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino” (CEC, 1340).

Repetir sus gestos y sus palabras hasta que venga es actualizar todos los días el Sacrificio de Getsemaní en el día sagrado, el “primero de la semana”, el Dies Domini -El día del Señor- cuyo principal sentido es reunirnos como los primeros cristianos en torno a una misma mesa para comer del mismo pan y beber del mismo cáliz, y como reza la Secuencia de la Solemnidad de Corpus Chisti: Lo comen buenos y malos, con provecho diferente; no es lo mismo tener vida que ser condenado a muerte.

Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús “hasta que venga” (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante “camina por la senda estrecha de la cruz” (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino (CEC 1344).

 

Por Pedro Francisco Martínez Loeza. Miembro de la Adoración Nocturna Mexicana, sección Nuestra Señora de la Asunción de Muna, Yucatán. Junio 2019