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LOS FRUTOS DE LA COMUNIÓN

Es sorprendente y para maravillarse, el poder que se nos da al momento de las batallas de esta vida. Mismo poder que surge de Dios y a Él le pertenece, como cuando el Arcángel Miguel venció al enemigo, ya que lo venció con el poder de Dios.  Lamentablemente, en muchas ocasiones pasa desapercibido ante nosotros, que la victoria ya la tenemos de nuestro lado y en ocasiones sucumbimos en la derrota a causa de la ignorancia.

Si tan sólo conociéramos los frutos de la Comunión, no nos apartaríamos de ese sacramento y nos acercaríamos a Él aún más en los tiempos de dificultad.

Para despertar a la realidad que desconocemos o ignoramos, repasemos lo que nos enseña la Santa Madre Iglesia sobre los frutos de la Comunión:

  • La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, “vivificada por el Espíritu Santo y vivificante”, conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. (CEC 1391)
  • La Comunión nos separa del pecado. La Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados. (CEC 1393)
  • La Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales. Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en Él. (CEC 1394)
  • Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.  (CEC 1395)
  • La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. (CEC 1396)

No olvidemos que la Eucaristía es anticipación de la gloria celestial, remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre.

Por todo lo anterior, reconozcamos que nuestro mayor aliado para vencer las adversidades de esta vida es Jesucristo, nuestro Señor, y reconozcamos que Él se encuentra en el Santísimo Sacramento del Altar y, ante los momentos de prueba, acerquémonos a la Eucaristía; ante las dificultades familiares, vayamos a comulgar en familia; ante la tentación, tomemos fuerza en Cristo, que es el vencedor de nuestras batallas; en la tristeza y en la depresión, aceptemos la compañía de Jesucristo que está en la Eucaristía; y los momentos de alegría, acompañemos a Cristo que está en la Eucaristía y rindámosle la adoración, gloria y alabanza que sólo Él merece, en unión al Padre y al Espíritu Santo.

Por Susana Morales, Academia San Juan Diego. Junio 2019.